A  la luz  de la comprensión de que el propósito de la Escuela de la Vida es recobrar la conciencia de Totalidad y Unidad, y alcanzar la expresión plena  del genio creativo que cada individualidad es capaz de manifestar, con ella se adquiere una visión particular que nos permite trascender las contingencias de la existencia y entender la vida en soledad o en compañía para sacarle el máximo provecho a las experiencias, sobre todo a las desagradables.

Cierto es que la dicha que buscamos  fuera sólo puede ser encontrada y desarrollada en nosotros mismos, y que al percibir la unidad y armonía  interior podremos entonces, acercarnos a la develación del ser.

Sin embargo, constantemente somos impulsados a dirigir la atención hacia afuera, donde múltiples estímulos que nos fascinan y perturbaciones que nos tensan suelen generar contrariedades y frustraciones, que una tras otra simplemente nos conllevan a un mayor descontento. Por lo cual actúan sólo para desviarnos en la búsqueda de alcanzar nuestro verdadero centro y paz interior.

Bien sea que nos encontremos en soledad o en compañia, solteros o en pareja, por disfrutar de  las ventajas de cualquiera de las dos circunstancias hay que pagar un precio. Toda situación en la vida nos ofrece unas ventajas y otras desventajas,  propicia algunos logros y dificulta otros. Si se quieren los unos hay que saber aceptar también los otros.

El que se busca así mismo, el discípulo de la vida, aprende en cualquier circunstancia y se convence que la guía del Maestro no lo abandona en ningún momento. Puede llegar a encontrar en sí mismo la Unidad de su naturaleza dual y a hacer la síntesis de lo masculino y de lo femenino, de la personalidad y de la individualidad, de lo humano y de lo espiritual.

Pero no basta encontrarlo en sí mismo, aislándonos en el regocijo de esa experiencia, pues ella no será completa  mientras no sintamos la Unidad también con el otro.

No basta saber que somos ramas de un mismo árbol y hojas de una misma rama. Hay que sentir la realidad de que mientras algunos somos como las raíces, otros somos como el tronco, y otros ramas, hojas, flores, frutos o semillas.

Somos un todo integrado y funcional, que nos complementamos y nos sumamos siendo necesarios, e interdependientes uno de otros para la existencia y propósito del árbol en su totalidad, y él a su vez como parte del ecosistema, del planeta , etc., siempre conectado a una realidad mayor.

Por ello, el primer paso de aceptación y amor es en sí mismo, antes de que podamos experimentar el gozo verdadero del Amor al prójimo consumado en la fusión de los opuestos y la extinción de la personalidad, del yo y del tú.

La convivencia con otro es una ocasión muy propicia para el autoconocimiento, pues solemos ver en otros lo que no apreciamos en nosotros, o lo que no nos gusta de nosotros lo vemos claramente en el otro. Algunas veces lo que sientes que te falta lo ves en el otro, ya que cada quien refleja la condición mental y espiritual del compañero. Todo ello adquiere una relevancia aún mayor en el caso de las parejas.

Una relación viva y vital es siempre propicia para que los involucrados experimenten toda suerte de individualidades, de confrontaciones y oposiciones. Pues con el querer vienen los celos, y las intrigas, con la armonía viene la desarmonía, con la unión la separación, y con la exitación de sentirse a veces unidos viene una sorprendente  sensación de extrañeza.

Ninguna relación puede ser totalmente satisfactoria; además somos seres cambiantes en constante proceso de evolución, por ello toda condición es propicia para crecer, si se hace Conciencia. Aprovechar entonces esta relación para el crecimiento y la iluminación, requiere de una directa y responsable experiencia existencial de cada vivencia, en cada instante, y de cada sentimiento o reacción que genere uno en el otro.

En vez de rechazar a la persona con  quien existe el roce, alejándonos o evitando el contacto, he aquí la oportunidad  para permitir adentrarnos en todas las dimensiones del sentimiento y de la reflexión. Atravesar por todas las posibilidades de alegría, éxtasis y enriquecimiento mutuo, a igual que por el dolor, el enfrentamiento y la aniquilación necesarias para crecer.

Cuando se madura comenzamos a encontrarnos reflejados en el prójimo, a apreciar aspectos desconocidos de nuestro ser oculto, y a reconocer cómo su presencia nos apoya para alcanzar la Totalidad.

Comenzamos apenas a experimentar el Amor que existe más allá de la atracción, las afinidades y la sexualidad, y a través de las renuncias del ego, por Amor, se asciende a una comprensión mayor y a honrar la individualidad única y original del otro.