Para hacer frente a los cambios de la época en que vivimos y asumir los retos profesionales, definitivamente se hace necesario romper viejos hábitos y esquemas. Necesitamos conocernos, autoanalizarnos y lograr en nosotros una actitud positiva que nos permita poder adaptarnos a los cambios y apreciar el atractivo que nos platean los retos. Aprender a fluir de acuerdo a la necesidad, de acuerdo a las exigencias de la vida sin generar tensiones internas, minimizando así el roce que nos desgasta.

Cada problema, cada dificultad, cada obstáculo, no es más que un reto que nos invita a la superación y al crecimiento espiritual. Es a través de las experiencias que evoluciona la conciencia, y en la medida en que los problemas se constituyen en desafíos a nuestra inteligencia, es que podemos conectarnos con nuestro genio creativo y producir soluciones originales. Sólo superando las dificultades se cultivan las virtudes y trasmutamos las debilidades en fortalezas. Pero también es fundamental aprender a aceptar aquello que no podemos cambiar.

Durante el descanso, el reposo y el sueño, es el momento en que el organismo recupera su vitalidad, y propicia las labores de desintoxicación y regeneración.

Por el contrario, durante las situaciones de estrés hay una serie de cambios en nuestro organismo que conducen a las enfermedades.

Por ejemplo: el ácido láctico, producto de la tensión muscular, se encuentra aumentado en la sangre durante los estados de ansiedad, neurosis e hipertensión sanguínea. También, la resistencia eléctrica de la piel en esas circunstancias se encuentra disminuida. Por lo tanto, nuestra capacidad para resistir a las presiones externas, a los conflictos y frustraciones se encuentra igualmente minimizado. De la misma manera, el estrés y la depresión reducen la vitalidad del sistema inmunológico, nuestro principal sistema de defensas; aumentan la tensión arterial y la frecuencia cardíaca, la respiración se torna afanosa, y nuestra capacidad para dormir y descansar se dificulta, la mente no deja de pensar.

Con todo esto, nuestro potencial intelectual, nuestra capacidad productiva y nuestro rendimiento en el trabajo, se ven disminuidos. Por ende, la sensación de bienestar y realización personal se nos escapa.

Pero, ¿Qué es el estrés?

El estrés es un estado de excitación que activa y acelera nuestro metabolismo, preparándonos para la acción. Es definitivamente un estado de estimulación que ocurre como una respuesta de adaptación a las exigencias del medio, lo cual amerita un gasto de energía y como consecuencia un desgaste. Entendiéndose así, el estrés en sí no es bueno ni malo. Puede ser algo positivo, si en esas condiciones los retos que enfrentamos se constituyen en desafíos estimulantes que nos tornan más creativos y productivos y si logramos recargarnos y recuperar la energía invertida. 

Incluso, de hecho en un nivel gerencial, uno de los objetivos deseables es lograr mantener en los trabajadores un nivel óptimo de estrés para lograr un mayor rendimiento y efectividad.

 

En la raíz del estrés se encuentra siempre un conflicto, y la raíz de todo conflicto es siempre una ambivalencia, un enfrentamiento entre dos posiciones: Lo que se quisiere frente a lo que se debe, lo que no me gusta frente a lo que necesito, lo que quiero frente a lo que no puedo, lo que es frente a lo que hubiese querido que fuere.

Y justamente ahí, cuando nos quedamos enganchados sin poder salir de esta dualidad para aceptar los acontecimientos tan cual son, en ese momento, se produce una perturbación, una interferencia en el flujo de energía, dejamos de fluir y perdemos la capacidad de adaptarnos.

Todo conflicto prolongado en el tiempo, toda interferencia sostenida se convierte en algo contraproducente si el desgaste que conlleva supera nuestra capacidad de recuperación.

Por eso, el estrés continuo y los problemas no resueltos, cuando se extienden en el tiempo, se convierten en una fuga de energía, que acentúan el desgaste.

A esta condición patológica se le denomina distrés o estrés patológico, el cual se manifiesta posteriormente de maneras muy diversas, como alguna enfermedad o cualquier trastorno funcional.

No te has dado cuenta que cuando sufrimos un impacto emocional o cuando padecemos una situación de conflicto por un tiempo prolongado… al muy corto tiempo nos enfermamos. ¿No has notado alguna debilidad o que se presenta algún padecimiento?

La vida es cambio y transformación, mientras que la enfermedad y la muerte son productos de la rigidez y el estancamiento. En la capacidad de adaptarnos a los cambios, de poder asimilar los traumas, los eventos inesperados y las frustraciones, radica la habilidad más grande para sobrevivir.

Así que muchas veces lo que llamamos enfermedades como un dolor de cabeza o una gripe o una neuralgia o contractura muscular, no son más que respuestas adaptativas ante una presión que soportamos y que solemos ignorar creyendo que no nos afecta o que somos lo suficientemente fuertes como para resistirla. Pero, no siempre es así.

Cuando nuestros recursos energéticos están comprometidos por un desgaste continuo, podríamos decir que nos falta energía para conservar la salud.

Existe una relación directa entre las emociones y los órganos, recordemos que somos un todo, cuerpo mente-espíritu. Por eso cada manera de padecer dice mucho de nuestra manera de ser o de nuestro carácter, es decir existe una correspondencia.

Por ejemplo: las personas que sufren de hipertensión suelen ser personas muy exigentes de sí mismos y de otros, quizás sean un poco perfeccionistas y no necesitan que nadie los presiones para mantenerse a sí mismos presionados continuamente ¿Cómo podría no subirles la tensión arterial si ellos mismo son la hipertensión? Una persona así es como una bomba a punto de explotar, solo necesita un inconveniente, un disgusto o una mala noticia para que se desencadene una crisis hipertensiva.

Cuando ocurren este tipo de situaciones solemos buscar aliados que supriman los síntomas. Nos resulta tan fácil el hacer uso de pastillas que nos ofrezcan un milagroso resultado y pronto alivio a cualquier malestar, en vez de trabajar sobre las causas y sobre el origen que determina ese padecimiento que no es más que una manifestación.

Pongamos otro ejemplo, se da el caso de que se genere un dolor de cabeza producto de participar por más tiempo del debido en alguna discusión acalorada o desagradable y, de seguro que nos tomamos alguna pastilla para continuar agrediéndonos por más tiempo aún. Somos incapaces de reconocer lo que nos está dañando y de alejarnos por lo consiguiente del estímulo agresor para reestablecer nuestro equilibrio. Porque suspender la reunión y postergar el asunto parecería una locura ¿no es cierto?

No le prestamos atención a las “señales” que constantemente nos comunica nuestro organismo. Es que simplemente no sabemos vivir. En realidad no nos han entrenado para disfrutar la vida porque para ello tendríamos que aprender a asimilar el dolor y no vivir sólo en función del placer.

No le prestamos atención a las “señales” que constantemente nos comunica nuestro organismo.

¿Cuándo aprenderemos que el dolor es una señal que se requiere atender y saber interpretar?

Como cuando tenemos montada una hoya de presión en el fuego, el pito desagradable que produce la válvula de escape es como el dolor. ¿Qué haríamos cuando suene? ¿Le ponemos algo encima para que no suene o le bajamos la intensidad de la llama? Como es lo razonable haríamos lo primero ¿cierto? Entonces, ¿por qué no hacemos lo mismo cuando se trata de nuestra vida?